Fue por medio de su análisis que descubrí lo machista que pueden ser la literatura, el lenguaje y la religión.
Hoy escribo acerca de una mujer valiente. Y valiosa. Y baluarte. Valiente, porque desafió siempre los convencionalismos sociales y a la fecha dice lo que piensa. Valiosa por su talento como escritora, docente y actriz. Baluarte por lo que representa como referencia para todo aquel que nunca se rinde. Ella es Luz Méndez de la Vega. Una mujer que se adelantó a su tiempo y que vivió a profundidad, sin importar cuán hondo era el río. Inimitable. Única. Fuera de serie. Autora de uno de los poemas más excelsos de nuestras letras, el cual titula simplemente Virgo, y que yo reproduzco aquí para deleite de quienes entiendan lo que el amor puede limpiar a un ser humano, cuando entrega hasta la última gota de su intimidad: “Nada tengo qué borrar/ni palabras/ni huellas/ni recuerdos/No tengo qué negar/las escondidas entregas/ que grabaron nombres en mi cuerpo/(Espejismos frágiles/donde refugié angustias/ no tengo qué borrarlos)/Clara y fresca/ presencia del amor/que busqué afanosa/fue limpio tránsito/y como la primera vez/al encontrarte/nítida broté/agua de manantial jamás tocada”. Desde que lo leí, en aquel lejano 1981, supe que adentro de ese poema había una canción. Me sonaba como a testimonio de un juglar que se estrenaba, por enésima vez, en el arte de la música amatoria. A partir de entonces, aunque siempre fue amiga de mi familia, empecé a interesarme en su trabajo. Y así llegué a sus ensayos. Fue por medio de su análisis que descubrí lo machista que pueden ser la literatura, el lenguaje y la religión.
En el caso del idioma, por citar un caso, no olvido el estupor que causó en mí la explicación que Luz daba en uno de sus escritos, en cuanto a la diferencia entre un “hombre público” y una “mujer pública”. El primero, un varón exitoso y distinguible entre el montón; la segunda, una fémina que vende su cuerpo en las calles y que sin ser de nadie le pertenece a quien le pague. No puedo declararme un simpatizante del feminismo fundamentalista que impera en ciertos círculos de nuestro medio. Sobre todo, porque buscando una justa y necesaria liberación, muchas de sus activistas acérrimas han logrado lo contrario de lo que intentaban, ya que hoy, producto en parte de esa obstinada manera de querer igualarse con el macho, han propiciado que éste se vuelva aún más patán y patético que sus predecesores. En ese contexto, siempre ubicándome en las coordenadas históricas, Luz Méndez de la Vega es un ícono no sólo respetable, sino admirable. Porque hoy, cuando se ve tan normal que las mujeres ocupen puestos prominentes o que desempeñen roles antes sólo disponibles para los hombres, muchos se olvidan de quiénes tuvieron qué abrir brecha y soportar la crítica del conservadurismo implacable y déspota. Una de ellas, con honores debo decir, es Luz. Como amiga. Como madre. Como artista. En cualquiera de esos tres momentos de su vida, ella fue consecuente con su pensamiento. Y yo, como integrante de este marasmo de rigidez patriarcal que sigue arrastrando a la sociedad guatemalteca, le agradezco su lucha. Y además, por sobre todas las cosas, jamás podré olvidar su gentileza como vecina. Mi hija, quien lleva su nombre, dio sus primeros pasos en un apartamento que ella me alquilaba. Por ello, y porque aspiro a que mi pequeña siga su huella en materia de coraje e integridad, le dedico esta columna como ínfimo homenaje a todo lo recibido de su espléndido y generoso ejemplo.