Hay que admitir que no era el mejor momento para manifestar la ostentosa conciencia medioambiental republicana.
Washington, DC. Con la ley de intercambio de emisiones superando el trámite de la Cámara de Representantes por siete votos, los ocho republicanos que la apoyaron estaban destinados a sentir cierto caldeamiento político. La radio y la red conservadoras los acusaron de aprobar en solitario la legislación “de intercambio de emisiones” del presidente Barack Obama, lo cual es un mito; la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, hubiera forzado probablemente la cifra necesaria de votos demócratas en ausencia de respaldo republicano. Pero estos ocho republicanos fueron tildados de “traidores” a pesar de ello.
Es típico que elogiemos el juicio independiente y el valor político de nuestros funcionarios electos —hasta que manifiestan realmente esas cualidades.
Hay que admitir que no era el mejor momento para manifestar la ostentosa conciencia medioambiental republicana. La extralimitación ideológica de Obama en asuntos que van desde el estímulo fiscal a la nacionalización de la sanidad ha puesto de uñas a los conservadores. La recesión ha copado la inquietud económica de la opinión pública, desplazando a la vez las preocupaciones medioambientales —la sequía en el Sahel o las inundaciones de Bangladesh— hasta una brumosa distancia. Y la propia ley de intercambio de emisiones de la Cámara fue un derroche de vacíos legales, concesiones y equilibrios —casquería legal con exceso de menudillos.
Pero ninguna de estas consideraciones políticas altera una realidad subyacente. Una preocupación seria por la alteración del clima global sigue siendo la tónica dominante (no unánime, pero predominante) entre la comunidad científica, incluyendo a la Academia Nacional de Ciencias. El calentamiento global desde el siglo XIX es innegable —una tendencia no refutada por las variaciones periódicas—. Estos cambios se correlacionan íntimamente con incrementos en la concentración atmosférica de dióxido de carbono desde la Revolución Industrial. La alteración del clima se ha vuelto tan rápida en algunos lugares que está desbordando el proceso natural de ajuste, reduciendo el período de cosecha y conduciendo a la extinción de especies. Mientras tanto, las emisiones globales de carbono crecen más rápido de lo esperado. Algunos científicos advierten de posibles “repuntes” —la desintegración rápida de los casquetes de hielo, la súbita liberación de metano de los depósitos naturales fruto del calentamiento del Norte— que podrían suponer un desafío añadido a la catástrofe de olas de calor y niveles del mar crecientes.
¿Es seguro o está garantizado este punto de vista? No cuando los modelos científicos se refieren a un sistema tan complejo como el clima de la Tierra. Tampoco es seguro que un arma nuclear iraní será utilizada contra los enemigos de ese país. Pero la probabilidad realista de desastre, en ambos casos, recomienda una respuesta seria.
El abanico de respuestas serias es limitado. El gobierno federal podría gastar directamente en nuevas tecnologías que generen energía sin emitir carbono. Pero el historial del gobierno a la hora de elegir candidatos tecnológicos es desastroso.
Otros proponen un impuesto al carbono —un coste por tonelada emitida, sin exenciones fiscales—. Este sistema sería simple de implementar y difícil de respetar. Pero también castigaría de manera desproporcionada a ciertos sectores industriales estadounidenses que precisan de grandes cantidades de energía —los cementos, el vidrio, el acero y el papel— que se enfrentan a una acusada competencia internacional.
Opinión del lector
Manuel Monroy M. - Guatemala
Creo que seria bueno ver la revista selecciones de los años 1960 al 2000 y ahí se verían estos cambios que ahora les tenemos miedo ya que desde esa época se ha hablado de los cambios climáticos pero lo hemos dejado por un lado así que a leer un poco.