Él, sea Álvaro Colom o cualquier otra persona, sí debe situarse por encima de la polémica barata..
Afirmar que las opiniones de algunos, como la mía, en contra de un presupuesto estatal más grande, no pueden ni deben entenderse por el Presidente y su Gobierno como palos o puñetazos, parece una verdad de Perogrullo. Y sin embargo, algunas de sus declaraciones, como también de las reacciones oficiales reflejan esa mentalidad: “estamos peleando”.
Eso se debe, en parte, a que el proceso político sí conforma una lucha metafórica por alcanzar el ejercicio del poder, por mantenerse y prolongarse en el mismo. Ignorar esto sería simplemente una ingenuidad. Pero esa “lucha metafórica” puede bien conservar ese carácter o, por el contrario, acercarse más y más a la realidad. Esto depende de qué tan maduro o no sea cualquier sistema político.
McCain y el presidente electo, Obama, lucharon por el poder, los vimos constantemente y por largos meses en esa justa electoral. Más de una vez se atacaron, digamos, personalmente y cientos de veces se pronunciaron el uno en desacuerdo del otro sobre multitud de temas candentes de la vida nacional estadounidense y de las circunstancias mundiales. Pero en un ejemplo para sus conciudadanos y el mundo entero, el candidato perdedor concedió con gallardía y sentido cívico la victoria a Obama y, además instó a la unidad nacional bajo el nuevo Presidente. Unidad nacional que no significa, por supuesto, “uniformidad nacional”.
Regresando a nuestro patio, también es verdad que algunas de las expresiones en contra de un presupuesto estatal de mayor importe se pronuncian en términos, a veces, demagógicos, otras, peyorativos. ¿Qué se le va a hacer? Habrá críticos que no saben o no pueden como argumentar sus opiniones de otra manera, o que esperan mayor éxito apelando a sentimientos bajos o a la falta de información de la que padece una buena parte de la ciudadanía. Empero, eso no debiera justificar a un Presidente de la República o a sus voceros y principales funcionarios, a descender a niveles parecidos. Él, sea Álvaro Colom o cualquier otra persona, sí debe situarse por encima de la polémica barata o de las críticas llamadas “destructivas”. Al funcionario que la Constitución hace depositario de la “unidad nacional” le compete elevar el nivel del debate, ser guía serena en el mismo. Después de todo, ni ganó la elección en primera vuelta ni cuenta su partido político con mayoría en el Congreso…
Así, buscar el apoyo de la ciudadanía, en el sentido más completo de esta noción: el de un conglomerado de personas que participa libre y conscientemente de la dimensión política de la sociedad en que vive, es un privilegio de cualquier gobierno. Pero financiar protestas de personas sencillas, que entonces se vuelven manipuladas y pierden toda condición representativa de un sector de la ciudadanía, es otra cosa y un craso error. Su expresión más grotesca, aquel “viernes negro”, pertenece al mismo género de deformaciones del proceso político y, por supuesto, rebela inseguridad, falta de creatividad y de capacidad del equipo encargado de la gestión política del Gobierno.
La gestión gubernamental en este país se presenta a los ojos del más simple observador como sumamente compleja: son cientos los intereses creados en juego, hay fracturas sociales por todas partes, necesidades ingentes por resolver y recursos escasos, pero al debatir sobre todas esas cosas, no estamos peleando.